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La granja Cañete

Amanece un nuevo día en la Granja Cañete;

El sol se despierta con fuerza y no hay nubes a la vista, el rocío empieza a despedirse de las hojas y los grillos ceden su turno a las chicharras que desde primera hora auguran que va a ser un día largo y caluroso.

Clotilde, atenta como siempre, no pierde detalle. El gallo vocifera su anuncio que confirma el comienzo de una nueva jornada, pero una vez más, ella ya estaba más que desperezada; nunca se había perdido un amanecer o al menos nadie lo recordaba.

Poco a poco en la granja se van escuchando más sonidos; los cerdos hambrientos para variar intentan colarse en el ritual del desayuno a base de chillidos desesperados, suplicando cualquier anticipo de comida, aunque pocas veces les funcionaba esta artimaña.

Las vacas con su parsimonia se lo toman con más calma, no tienen prisa, antes o después siempre les llega lo suyo y casi siempre tienen para comer tranquilamente durante todo el día.

Matías es todo un profesional;  es el encargado de la granja y a primera hora siempre hace recuento y controla que todo esté en orden.
Es un auténtico líder, un labrador canela con vetas blancas al que le encanta su trabajo y siempre está con el granjero. Sabe que es un buen hombre y sin duda daría su vida por él; le gustaría tener manos en vez de patas para poder ayudarle más.

Granjera: - ¡Clotilde..!,  ¿Qué tal hoy? Vaya……….veo que hoy tampoco hay suerte….bueno, quizás mañana ¿No?

Y con la misma sonrisa con que la mujer del granjero había abierto la puerta del corral la volvió a cerrar; eso sí, el canasto vacío con el que había llegado, salía rebosante de huevos aún calientes.

Clotilde era una gallina especial, pero sin dejar de ser gallina, era color calabaza y con buenas hechuras, pero no era eso lo que la hacía diferente, su mirada era intensa y su paso llevaba otro ritmo.
Ella prefería comer tallos verdes y frescos, trigo de la cosecha y de vez en cuando y porqué no, algún que otro bicho que se encontraba entre las grietas del muro encalado.

Quizás ese era uno de los motivos por lo que no ponía huevos a diario como sus demás compañeras del gallinero, a ella no le gustaba el pienso; decía que la comida basura no era para ella; eso le costaba soportar burlas de vez en cuando y hasta alguna que otra advertencia burlona de sus compañeras.

- Gallina que no pone huevos……… ¡Al puchero!, jajaja.  Le decían.

Aún así a ella no le preocupaba en absoluto y hacía bien; los dueños de la granja la tenían en alta estima, si bien era verdad que no era muy ponedora, cuando lo hacía, estos sin duda, eran los más grandes y los más sabrosos.

Clotilde no se sentía ni distinta ni especial, simplemente lo era, a ella no le gustaba pasarse el día piando como las demás;  no le parecía ni bien ni mal, simplemente prefería hacer otras cosas.
Se conocía el corral palmo a palmo pero cada día lo volvía a repasar con ilusión.

(Clotilde):  - ¿Quién sabe?…….. ¡Quizás hoy encuentre alguna lombriz..!

De vez en cuando les daban el día de excursión y les dejaban la puerta del corral abierta y cuando eso ocurría ella aprovechaba para curiosearlo todo. Una vez hasta se metió dentro de la casa para ver que era eso que hacía que saliera humo por una trampilla del tejado.

Algunas veces iba a visitarla su mejor amiga; Regina.

Se trataba de una golondrina un tanto atolondrada, pero a Clotilde le caía muy bien porque sabía que sobre todo era auténtica y aunque normalmente se llevaban la contraria y terminaban discutiendo por boberías, su amiga Regina era lo mejor que le había pasado.

En una ocasión Regina le dijo a Clotilde:

- Que suerte tienes Cloti, a ti cada mañana te dan la comida y sin embargo yo cada día tengo que ingeniármelas para no acostarme enmallada; además, tú aquí estás segura y yo tengo que tener mucho cuidado…….¡De que no me coma ninguna alimaña!.

A lo que Clotilde le contestó:

- Bueno, para eso eres golondrina y yo gallina Regi.
Tú sin embargo puedes volar y ver todo lo que quieras;  puedes decidir en que huerto comer, en que río beber y en que árbol vas a poner tu nido y me alegro mucho por ti de que seas golondrina y puedas hacer todo eso.

Una mañana sucedió algo distinto. Esta vez no fue la ama la que entró tarareando alguna canción con su canasta del brazo, sino un par de hombres toscos con grandes jaulas.
Rápidamente y tras el estupefacto inicial se formó un gran revuelo; una nube de plumas no dejaba ver bien lo que ocurría. 
Clotilde se mantuvo con serenidad pero inmóvil, eso sí, con la mirada alzada y al contrario que a las demás; el pánico no encontró albergue en ella.
Fue por esto por lo que fue la última en entrar en la jaula; apiñadas unas contra otras, tuvo que soportar los quejidos y los trágicos llantos de las demás.
De repente se sintieron suspendidas en el aire y un fuerte cimbreo indicaba que esos hombres se las llevaban sin ninguna delicadeza a un lugar poco poco…..bueno.
Esa que era su casa ya formaba parte del pasado en cuanto las compuertas de la furgoneta se abrieron y como si de alpacas de paja se tratara, las jaulas fueron arrojadas en su interior chocando entre si y haciendo que el miedo se convirtiera en pánico, pero lo peor estaba por llegar cuando las compuertas se cerraron con mucho ruido y ninguna compasión.
Ese día anochecía antes de tiempo para esas gallinas, pero en el último momento algo interrumpió el drama.

Granjera- ¡Un momento por favor!.

Y por segunda vez amaneció por un instante. A la granjera le fue fácil encontrar a Clotilde, era la única que no imploraba clemencia, suavemente la cogió y la envolvió en su regazo y mientras las dos vieron como la furgoneta se alejaba dejando polvo y lamentos en el aire.

La granjera le dijo a Clotilde: - Sabes que tus huevos son mis preferidos pero al fin y al cabo no dejan de ser huevos. “Te quedas conmigo porque mientras tú estás triste por tus compañeras, ninguna de ellas se alegra por ti”.


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