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Partida en tablas.

- ¿Y ahora que hacemos?
- Pues no se, haz lo que quieras.
- Yo tampoco se que hacer.
- Pues no hagas nada.

Y así estuvimos durante horas, envueltos por un silencio amargo y cruel, pero que los dos sabíamos que era lo último que nos unía, el silencio. Quedaba mucho por decir, pero el cansancio nos había vencido; ni siquiera nos mirábamos, pero ni falta que hacia, me podía imaginar su cara perfectamente y seguro que ella también la mía.

La odiaba a más no poder, pero a la vez no quería que esto pasara; lo nuestro, que nunca he sabido muy bien que era, ya no era nada, se había terminado por romper en cien mil pedazos, o ni eso, simplemente había desaparecido, se había esfumado y ante tal anunciado desastre, sólo me invadían sentimientos de tristeza, decepción, impotencia……………………¡rabia, coraje!………………………………………………….derrota.

Al final nos venció la noche, que pasó en blanco y en un abrir y cerrar de ojos ya era de día; me desperté en el sofá y allí enfrente estaba su espalda, tan cerca y tan lejos, sabía que estaba despierta, resoplé y me levanté con una sonrisa resignada; hacía un día soleado, las cortinas brillaban blancas; el espeso aire de anoche se había disuelto, había otra energía en el ambiente, la calma que le sigue a la tempestad. El silencio seguía siendo el protagonista, pero ahora tenía armonía.

Me peiné con los dedos de forma suave, alargando unos segundos más el momento antes de girar el pomo; ella se había incorporado y abrazándose a sus piernas me miraba sin perder detalle, sin intención alguna de hablar, sólo me observaba con detenimiento, con dulzura, con respeto……… de corazón.

Caminé hasta la puerta con gallardía, pero me detuve un instante antes y me giré para verla por última vez, para llevarme como recuerdo una última estampa; sólo veía sus ojos azules brillantes, había escondido la cara detrás de las rodillas, fue entonces cuando mi pecho me tiró hasta ella; le ofrecí mi mano, como la primera vez y me dio la suya sin dudar, se puso de pie y nos regalamos la mejor de las sonrisas, esas sonrisas que tenemos reservadas para las personas importantes en nuestra vida; y nos fundimos en un abrazo, un abrazo semi-eterno, fuerte y sentido. Un abrazo que te vacía de sentimientos y te llena a la vez. Un abrazo que no necesita ser explicado, cualquiera que lo vea puede entenderlo.

Gran rival y gran partida, aunque hubiera acabado en tablas, quizás sea eso lo que la engrandece; después de habernos agotado el alma, mi querida enemiga: Ya eres parte de mi.
Estábamos mejilla con mejilla y aproveché la cercanía para decirle al oído: No cambies nunca, eres perfecta; le di un beso en el cuello y me giré; ahora si que abrí la puerta, una puerta que en esta ocasión, nos dejaba fuera los dos .

Hacía un sol de justicia, brillaba con cólera, la luz golpeaba mi piel e intentaba atravesarla, de esta forma brusca el mundo me impuso sus normas de nuevo y me recordó que sigue mandando él.