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Vengo de un lugar que ya no existe.

Vengo de un lugar que ya no existe, allí el día empezaba a su hora, estaba lleno de olores y de sabores, el rocío te daba los buenos días, sentía la tierra húmeda hundirse a cada paso, el aire fresco y limpio inundaba mis pulmones y sentía como se mezclaba en mi sangre.

Temprano pero descansado, no llevaba reloj en la muñeca, no hacía falta; el sol y el estomago te indicaban la hora perfectamente; siempre había muchas cosas que hacer pero nadie que te obligara, tú mismo lo sabías de manera innata, como la araña que teje su tela porque es lo que sabe hacer.

Veía a las plantas, a los árboles, a las hierbas y a las flores crecer, sabía lo que comía porque sabía perfectamente de donde venía, sabía lo que bebía porque sabía exactamente de los pies de que montaña nacía. El silencio con los sonidos formaban melodía y todas las palabras tenían un por qué.

Me rodeaban animales y yo era uno más entre ellos; todos teníamos nuestro sitio y hablábamos el mismo idioma. Con cada uno tenía un vínculo especial y distinto, cada uno me aportaba su sabiduría, su particular forma de emplear el tiempo. Los meses transcurrían lentamente y cada estación imponía su ley, había que prepararse para cada una de ellas porque eran ellas  las que mandaban, eran ellas las que programaban la agenda que no tenías porque no era necesaria.

Las cosas eran herramientas y el significado del lujo he tenido que aprenderlo luego y todavía aún no lo llego a entender, perdonadme. Lo más parecido ha sido, comer turrón de chocolate en navidad, sentado en una silla de nea, cubriéndome con el paño de la mesa camilla y con la copa bien cargada de rescoldos mientras jugaba con mis hermanos y mi madre a “la siete y media “, ¡con mucha atención!, eso sí, porque nos gustaba mucho hacer trampas; no por ganar, sino para reírnos cuando se formara el follón al ser pillados.

Me vestía con ropa, ropa sin más, lo importante de la de invierno es que abrigara y de la de verano que fuese cómoda; y sólo eso, ropa; mi cuerpo lucía trabajado, mis manos ásperas, mi piel dorada, sobre todo en los períodos estivales y era por consecuencia del día a día, algo natural, algo que ya aquí no lo es, algo que aquí se paga aparte.

Tenía una motillo, que no un ciclomotor; me sobraba para ir al pueblo de vez en cuando y con una garrafilla de gasolina tenía para más de un mes, no necesitaba casco, ni carnet, ni seguro, ni itv, ni tantas cosas extrañas, ¿Por qué tanto?, si es una bicicleta con motor para andar por los carriles; el tractor es más grande y no necesita nada de todo eso.

La televisión la usábamos para ver películas cuando ya había oscurecido y para aquellos días que hacía muy mal tiempo, en los que era aventura y osadía a partes iguales el salir a la calle; y aunque siempre lo intentó nunca pudo quitarle el protagonismo a la chimenea, ella era el verdadero centro de atención en esos días; me pasaba horas viendo como las llamas devoraban los troncos y ramas que habíamos ido apilando en la puerta del cortijo, era el monte quien nos las daba, yo sólo tenía que ir a por ellas; llenando todo el salón de calor, de un calor con olor a madera, de un calor que te calentaba por dentro, de un calor que ya no siento.
¡Qué bien me sabían esos chorizos asados! encima de una buena rebaná de pan cateto.

En el pueblo todos éramos familia, en la mesa siempre había sitio para alguien más, todo el mundo era bien recibido, todos se cuidaban entre todos, todo era de todos, nunca se pisaba una palabra con otra, ni había una mirada cruzada, ni un mal gesto; antes de necesitar ayuda ya la tenías.

Cualquier cosa nos hacía reír, cualquier detalle podía ser motivo de carcajada, hasta en los duelos o en los hospitales, y siempre sin ningún animo de ofender, servía para agradecernos entre nosotros que nos teníamos, para decirles a los que ya nos faltan que seguíamos luchando y que seguíamos unidos. Una risa sana, una risa agridulce en esos momentos, una risa humilde, una risa inocente, una risa para los demás.
El simple comentario:                       - ¡¡Offu Chiquiilla!!, esta mortadela me sabe a jamón….
En el momento clave, podía provocar diez minutitos largos de destronche, que empezaba discreta y gradualmente;  Primero con alguna mueca contenida mientras los demás nos mirabamos los unos a los otros y se nos iba contagiando hasta que ya era inevitable el tener reírse.

Pues de ahí es de donde vengo y lo mejor es:
Que todo lo que allí me dieron, todo me lo traigo, porque lo llevo dentro.
Aquí las cosas no funcionan igual, son muchos más pero somos muchos menos, quizá aquí no pueda cambiar las cosas pero desde luego no seré yo quien cambie.

Gracias Mama, Gracias Papa, Gracias Familia. Os quiero.